Ya estaba yo tardando en escribir de una puñetera vez meterme con el PP contaros algo acerca de uno de los videojuegos que más me frustraron en mi infancia. Y es que hay juegos que, por su elevadísima dificultad, te marcan. Y más, cuando eras un crío escaso de paga y cada partida te costaba cinco señores duros, veinticinco pesetas de aquellas que, a diferencia de esta maravillosa moneda única europea que nos iba a atar los perros con longaniza a todos, sí que valían para algo. Y más, en los felices 80.

Esto eran dos partidas. Treinta céntimos al cambio.
Para que luego digan que cualquier tiempo pasado no fue mejor.
En esta vida hay al menos tres videojuegos que, al haber resultado demasiado duros para mí, se han convertido en una especie de retorcida obsesión o, más aún, en una especie de objetivo vital a largo plazo. Juegos que, cuando pienso en ellos, siempre me digo “algún día caeréis, malditos bastardos”. Uno es Haunted Castle, horrible y frustrante como pocos, pero que hizo que me enamorara de la saga Castlevania (tengo al menos un Castlevania por cada consola que poseo). Otro es Final Fantasy Tactics, otro hueso duro de roer, a pesar de que, probablemente, Square no ha hecho un juego mejor que ese, ni lo hará en su puta vida (id haciéndoos a la idea; cuanto antes desinfléis vuestras expectativas en esa compañía, mejor). Y el tercero y último, Choplifter, uno de esos videojuegos que harían patalear y llorar a la mayor parte de esos l337 h4rdc0r3 g4m3rz0z0z (elite hardcore gamers, para quien no tenga a mano un diccionario Pretencioso-Inglés / Inglés-Pretencioso) que se creen algo por haber desperdiciado la mayor parte de sus vidas matando bichejos en el World of Warcraft o ser capaces de que España pase de cuartos de final en el Pro Evolution Soccer.

Si queréis saber qué tenía de especial quella “máquina del helicóptero”, pulsad en “Leer el resto de la entrada”. (más…)
.